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TE REGALO LA LUNA
Publicado el 10/03/2003 por Cándido Sanz Gil   - Votarme Aquí!





TE REGALO LA LUNA.


Lucía me ha llamado. No puedo decirle que no quiero quedar con ella pero tengo que hacer verdaderos esfuerzos para ir a verla. No tengo excusa, y en el caso de que así fuera sonaría a falsa disculpa. Sería incluso peor porque Lucía me lo notaría. No sé fingir. Ya ni me esfuerzo, nos conocemos demasiado bien desde hace mucho tiempo.
Hoy, sigo pensando que una amiga de la infancia es tu amiga del alma para toda la vida. Haga lo que haga, siempre acabo perdonándoselo, diciéndole además que la entiendo, evitando darle buenos consejos, porque sé que hará exactamente lo contrario. Maldita la gracia que me hace verla, precisamente, en estos momentos. Pero es mi amiga, no puedo evitarlo haga lo que haga . Es uno de esos pactos firmados en el aire, en cualquier parque al atardecer, con sangre y saliva, que se siguen cumpliendo sin saber muy bien por qué.
Lucía siempre tuvo problemas. Mejor dicho se los buscó a conciencia. Aún recuerdo como si fuera hoy el día que retó, en el mismísimo parvulario, al jefe de la banda de los “elefantes”. Les llamábamos así no por sus trompas, que no las tenían desde luego, si no por su peso y por su fuerza, viéndoles de cerca parecían elefantes. En cambio, por su agilidad eran como unos osos en estado de semihibernación. Y desde luego que por sus hechos en aquella época, se comportaron como unas auténticas hienas. Unos malos chicos ya casi desde la cuna, como se solía decir. Ellos no tenían perdón de Dios, pero Lucía tampoco tuvo tacto. Eso de “al enemigo ni agua” se lo tomó aquel día a rajatabla. Y así le fue.
La famosa banda de los “elefantes” eran tres, uno inmensamente voluminoso. Cuando no le llamábamos elefante, le decíamos “el doble”. Desde luego que el primero en ponerle su segundo apodo, fue el profe. Era el doble de grande que cualquiera de nosotros, se le escapó el día que nos midió y nos pesó a todos en clase. En aquella época pensábamos que estaba relleno de nata. Su padre cada día que venía a recogerle, a la salida del cole, le entregaba un regalo, siempre el mismo. Una bamba de nata que nosotras decíamos que era tan grande como una de nuestras mochilas. Con el tiempo he comprendido que la relación de los tamaños a ciertas edades son poco fiables. Si el primero era “el doble”, a los otros dos había que verlos. El segundo un poco más grande aún que “El doble”. Por lo que le llamábamos “El doble y un poco”. Y el tercero, definitivamente “El doble y un poco más”. Ni que decir tiene que éstos, sus segundos motes los sentenció el mismo día de las mediciones el profe. Nuestra imaginación no daba para tanto. Para nosotros era más sencillo llamarles los de la banda del “elefante”.
Recuerdo que aquel día de finales de Junio, de un año lejano, todo ocurrió demasiado rápido. Ella dijo en el centro del patio: “En la fuente hoy mandamos las chicas. Y todo el que quiera beber tendrá que pedirnos permiso. Le mandaremos hacer lo que queramos y si no, aquí no se bebe. Hoy soy yo la jefa”.
A todos nos gustó la gracia y ella mandó un buen rato. Cada uno hacía cualquier cosa por calmar su sed, desde el payaso, pasando por la jirafa, hacerse novios cinco minutos, el terrible beso de los recién casados, que tenía que ser con lengua, alguno incluso tuvo que bajarse los pantalones.
Pero la banda del Elefante no tenía ni sentido del humor, ni paciencia. Habían estado jugando a las peleas y venían empapados en sudor como los luchadores de “Sumo”. “Hoy no se bebe... yo soy...” Hubiera dicho la jefa, pero no terminó la frase. Los tres se lanzaron sobre ella sin dar explicaciones de ningún tipo. Los demás tuvimos el tiempo justo para buscar al profe. Cuando llegamos Lucía seguía debajo del montón de los elefantes. Lo único que podíamos ver de ella eran sus zapatillas rosas y su largo pelo rubio como los rayos del sol de Junio. Cuando la sacaron de entre aquel montón de elefantes sedientos, estaba pálida, casi morada, con los ojos saltones. Todos, hasta la banda de los elefantes, nos asustamos tanto que aquel año Lucía fue durante un mes la “jefa de la fuente”. En compensación por la semana que pasó en el hospital luchando entre la vida y la muerte.
Con el tiempo y con aquella historieta nos hemos echado muchas risas, pero cuando veo en las noticias que cosas parecidas a aquella hoy terminan con la vida de chavalitos a manos de sus mismos colegas. El miedo me recorre toda la espalda. El sudor me vuelve a la frente como aquel día que casi aplastan a Lucía y el estómago se me encoge como en los peores días que todas las mujeres odiamos mes a mes.
Y sin embargo la banda de los Elefantes, creció y no fueron unos malvados. Siguen siendo amigos; enormes y amigos. Y según tengo entendido montaron una tienda de ropa para mujeres a la que llamaron “Aquí seguro que la encuentras”. No sólo se están forrando, es que además de vender, ayudan a esas mujeres que no saben dónde comprar tallas un poco más grandes.
Pero Lucía, debe seguir pensando que aún es la jefa de aquellos tiempos. Una jefa caprichosa a la que todos le consentimos demasiado. El tiempo pasa y sigue de problema en problema. Aunque yo sigo pensando que los verdaderos problemas son otros. Enciendes la caja tonta y ves cada día auténticos problemas. Cuando no es una patera que se tragan las aguas, escupiendo más tarde sus restos inertes, es una ley que les sentencia a seguir en la patera. O bien, te encuentras que la tierra se traga, en riguroso directo, a pueblos enteros mientras al otro lado nosotros devoramos una hamburguesa. Y para postre cada día una nueva guerra se enciende en algún rincón del planeta con cualquier excusa.
Veré a Lucía, pero hoy no es mi día. Ella no tiene problemas. Lo que tiene es adicción a cualquier droga que salga de moda. Sé que es difícil y su problema también es grave. Pero si quisiera intentarlo todos la ayudaríamos. Son muchos los que salen del callejón negro. En cambio si te caes de una patera, antes de llegar, la mayoría de las veces la cosa no tiene vuelta atrás.

Hoy no estoy de humor. No quedaré en el bar para verla beber chupito tras chupito de tequila mientras me cuenta la última. Ya han sido muchas batallitas. He tenido que aguantar todas sus escapadas, sus aventuras, que vio ovnis, que ocupó edificios abandonados. Que la violaron por una apuesta. Que al final no fue una violación si no una aventura que empezó siendo “sado” y acabó de malas maneras. La he visto de revolucionaria, de vegetariana, de neonazi, de echadora de cartas. De “hare chisna”. Hasta puedo recordar la época que tenía chulo y decía sentirse más protegida. Tiene tatuajes y “pirsins” por todo su cuerpo, uno por cada novio que ha tenido. Son cientos. No soporto verla fumar como una descosida mientras bebe tequila. Siempre me repito lo mismo, una y otra vez, pero no puedo evitarlo. Es mi amiga. Amiga del alma. Maldito pacto de sangre que será eterno. Voy cuando me llama. A la hora que sea. Lo dejo todo y vuelvo a ese maldito bar, el mismo de siempre, cuando regresa a nuestra ciudad para contarme la última.
Hacía meses que no sabía nada de ella. Hoy está diferente. No tiene tantas ojeras. Sigue delgada, mucho. Marcada por los tatuajes y cargada de todo tipo de cosas cosidas a su boca, las orejas, la nariz y la barbilla. Pero la veo tranquila. Incluso hoy puede que hasta huela bien. Sigue llevando su peto. Siempre viste uno. En el bolsillo delantero, en el centro de
su pecho aun conserva el pañuelo de su primer novio. Roído por el paso del tiempo pero hoy no tiene restos de sangre. Incluso parece haberlo planchado. Su hermoso pelo rubio, lo sigue siendo. Pero hace años que va rapada. Ha sido rapada y teñida de todos los colores y tendencias. Todo esto lo iba pensando cuando me acercaba a ella, con el corazón encogido y arrugado como una nuez.

Su sonrisa hoy parece limpia. No tiene una copa en sus manos. El zumo de tomate, se ve desde lejos. Al llegar a su mesa nos fundimos en un silencioso abrazo. Huele a jabón de infancia. Me da un beso eterno. No quiere soltar mis cabellos. Me dice que me quiere como siempre. Y le contesto en voz baja que ya está bien , que todos nos miran. Que sigo siendo la misma. Soy su mejor amiga pero que tengo buena reputación y quisiera seguir manteniéndola. Que lo mejor será que nos sentemos y hablemos. Nos reímos como siempre y empezamos la charla como si fuera ayer. Como si estuviéramos en el recreo y fuéramos a contarnos el mejor de los secretos.

Ahora la veo feliz. Marcada por su pasado eso sí, ya no puede evitarlo. Sentada y tranquila. No me lo puedo creer. Empieza diciéndome: “Nina”. Hacía años que no me decía Nina. Desde entonces me ha llamado de todo : tronca, pija, retrógrada, perdida, anticuada, depre, facha, estrecha, mula, jabata, pringá, lisiada, cohibida, panoli, enturviá.... y mil cosas más para dirigirse a mi. Pero Nina, hacía años. Decía que le recordaba a su infancia. Que no podía decir mi nombre. Hoy me llama Nina y lo único que se me ocurre contestarle es : “Dime Lucía, soy todo oídos. Como siempre. Quién te va a escuchar como tu mejor amiga. Sigue Lucía”.

“He visto a un ángel... O a Dios. Uno de los miles de dioses que viven entre nosotros. Estoy segura. Me da igual quién fuera. Pero yo prefiero pensar que era un ángel”. Me lo está diciendo con tanta tranquilidad que no necesito morderme los labios para escucharla. No voy a salir corriendo. No le diré que hoy venía dispuesta a decirle que era la última batallita que me contaba. “Dime Lucía”. Respondo. “Me tienes intrigada”.
“No te rías de mí Nina. Va en serio. Hace una semana que llegué a la ciudad. Venía hecha una piltrafa. El crak me estaba matando. Tu ya me conoces. Estaba aquí, como siempre, colgada. Este local se me ha metido en las venas y no puedo ir a otro sitio cuando vengo a nuestro barrio. No puedo, ni quiero. Tampoco lo intento, lo sé. Nina. No me digas nada”...

Es cierto. El local. El maldito “Camaleón”. Un siniestro antro al que Lucía tomó desde hace años como su segunda vivienda. Este bar se fue transformando con el paso de los años. Como su nombre. En los ochenta era donde cantaban aquellos “jipis” con barba que querían cambiarlo todo, aquellos que a la primera y aprovechando los aires del “cambio” se hicieron asesores de un ministro y olvidaron el pasado. Después vinieron los rokeros, los que con dar el concierto, tomarse unas “birras” y ligar, si se llegaba al caso, se conformaban; más tardes los “jevi metal”, estos ya se “metían” tantas pastillas durante los conciertos y los ensayos que perdían “el norte” con demasiada facilidad, también fue un sitio para las bandas de jazz. La movida, los tecno, los raperos, la salsa, los grupos étnicos de cualquier continente lejano... La última moda, mezclado con las últimas drogas siempre han estado presentes en el “Camaleón”. Y Lucía ,en primera línea, de cuelgue en cuelgue. Pero hoy parece otra. Yo, para mi asombro, sigo escuchando.

“Pues bien. Escucha Nina. Era tarde. Como siempre. Yo aquí colgada de todo. Quitándome cómo podía al personal de encima. Ellos cuando te ven colgada lo único que quieren es llevarte al servicio o al callejón, se desahogan en unos minutos y luego si te vi no me acuerdo. En el mejor de los casos te dan una “china” para que te hagas un porrito. Aquella noche no quería nada. Ya tenía suficiente con lo que me había metido en el cuerpo. De repente llegó mi ángel. No te lo vas a creer. Era de una edad imprecisa. Alto, muy alto. Delgado, más que yo incluso. Tenía la piel muy blanca. Como salido de una panadería o algo así. Que gracia. Para reírse. Le pregunté que en qué cárcel había vivido en los últimos años. Me contestó que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia cárcel. La que buscamos. Aquello me movió todo mi cuerpo. Desde la cabeza hasta los pies.
Según iba hablándome , me fui quedando cada vez más colgada. No por las drogas. Ese ángel tenía algo especial. A medida que me hablaba apenas si podía entenderle con claridad. Pero tampoco podía evitar escucharle. Me fui transformando, no sé en qué. Es como si me hubiera hechizado. No te rías Nina. Esto es muy serio. No sé cuánto tiempo estuve con él. Sólo recuerdo que al final. Antes de despedirse me dijo que si aceptaba un regalo”.

“Le dirías que sí, Lucía”. Acerté a decir con delicadeza, con miedo de romper el encanto. Estaba tan impresionada. Lucía estaba hablando como antes. Sus gestos eran vivos. No paraba de mover las manos. Seguía tomando zumo de tomate. Ni un solo cigarro. Las manos apenas le temblaban. Y... ¡cielos!, cómo olía. A nuevo. A rosas. A los años pasados. Estaba encantada. “Sigue Lucía. No me dejes más intrigada. Dime qué te regaló”.

“¡Cómo no!. Cualquier cosa que me hubiera dado... De él, lo hubiera aceptado todo. Te puedes imaginar. Pero sé que no me creerás. Antes del regalo me hizo prometer varias cosas. Que debía creerle. Que no debería olvidar aquella noche. Que con el tiempo se lo contara a alguien... En fin no quiero alargarme más. Él me regaló una luna. Sí. Una luna pequeña. Como una pelota de ping-pong, yo prefiero pensar que como una nuez, más o menos. Cuando le pregunté que dónde estaba. Que no la veía. Me insistió que no me impacientara.
La tienes en el bolsillo me dijo. No podrás verla antes de que yo me vaya. Recuérdalo. Es una luna, para ti. Para siempre. Cuando todo vaya bien sólo tendrás que meter tu mano en el bolsillo. Apretarás fuerte, muy fuerte y cuando la saques, al abrirla, estará esa lunita tuya ahí mismo. El momento será aún mejor, gracias a esa Lunita mágica que te protege . Nadie podrá verla. Sólo tú. Tu sonrisa será perfecta. Nadie podrá jamás entenderlo. Y lo mejor de todo es que cuando todo vaya mal... Ocurrirá lo mismo. Eso me dijo, Nina. ¿Entiendes? Estoy pasando el mono. Y esa lunita me está ayudando. Yo sé que es mi ángel. También me dijo, que sólo con mi imaginación yo puedo hacer que esté llena, o menguante... o creciente.... Y que él siempre estará en la cara oculta de mi luna. Para siempre. ¿Sabes? Es increíble. Aunque fuera mentira, Nina, yo necesito creérmelo. Mi ángel me regaló esta luna”.
Metió su mano en el bolsillo, unos segundos... la sacó cerrada... Me miró dulcemente con una sonrisa inmensa... y Lucía me mostró su mano vacía. Llena de la nada más grande que jamás vi. Pero estaba tan viva. Su ángel al despedirse le prometió que no era el único que regalaba lunas. Que eran muchos más. Que el día que todos tuviéramos una. El mundo sería perfecto.

Las dos lloramos como hacía años. Como llorábamos antes. Por todo. Sin medida ni control. Como si lloviera a mares. Reímos también. No sabíamos si abrazarnos más o saltar. O revolcarnos por los suelos. Acabamos con todos nuestros “clinex” y como si no hubiera pasado nada, desahogadas y tranquilas nos despedimos. Como siempre y hasta siempre, como las mejores amiga
s.

Lucía se quedó en el “Camaleón”. Yo salí como si huyera. Como si hubiera sido un dulce sueño pero a la vez inquietante. No quería olvidar este momento. De no verla nunca más quería recordar a la Lucía de aquella noche. Al salir, la noche mojaba todos los rincones de la ciudad. Nuestra vieja ciudad. Como si la lluvia tuviera el encargo de lavar toda la mugre acumulada de los últimos años. La lluvia parecía querer lavar a fondo cualquier mancha. El agua me entraba por todos los huecos de mi ropa. Lucía había puesto fuego en mi mente con aquellas palabras y el agua, tengo que decir, se agradecía mucho en aquel momento.

Los que no parecían enterarse de cómo estaba yo eran los que corrían por las aceras. En la ciudad, si nadie hace esfuerzos por conocerse, el día que diluvia es aún peor. ¿Por qué tanta prisa?, pensé. Este agua nos salvará a todos. Los vehículos rugían con sus alaridos profundos, metálicos e infernales. Como si trataran inútilmente de mojarse pisando a fondo sus aceleradores.
De repente, mientras recordaba las últimas palabras de Lucía, un trueno nos sorprendió a todos los que esperábamos que el semáforo nos permitiera cruzar. Un niño , tal vez de unos cinco años , se soltó de la mano de su padre. Despavorido corrió huyendo del ruido, se le veía aterrado, nadie supo cómo reaccionar. En un instante, un deportivo se lo llevó por delante como a un muñeco de trapo. En unos segundos el terror en nuestras caras mojadas nos dejó inmóviles. Nadie sabía qué hacer. Yo fui la primera en saltar sobre el muchacho. A mi alrededor todo lo demás se quedó parado como en una fotografía antigua de las de blanco y negro. Los coches. Los peatones. Su padre. La lluvia pareció quedarse pintada como en un cuadro, como un hilo. El ruido desapareció. Grité que el niño estaba bien. Que alguien llamara a una ambulancia. Que no podríamos tocarle hasta que llegaran... Que no se acercara nadie. Él quería decirme algo. Necesitaba estar tranquilo. El padre retiró la avalancha de curiosos, hizo guardar las distancias y mientras sacó su móvil del bolsillo para pedir ayuda. Yo tuve unos diez minutos a solas bajo la lluvia con aquel niño mientras llegó la ambulancia y la policía.
Estaba tendido como un gorrioncillo, mojadas las alas, mojadas las plumas, temblando, a medida que le apretaba contra mi cuerpo me dijo que estuviera tranquila. Que no le pasaría nada. ¿Os lo podéis creer?. Aquella noche estaba siendo demasiado. Mi mejor amiga, por fin, parecía haber encontrado su ángel, con luna incluida. Y ahora aquel niño, casi moribundo me pedía tranquilidad a mi.
De repente, el pequeño, metió una de sus manitas en el bolsillo. Unos segundos. La sacó cerrada. La abrió delante de mí. Y me dijo: “Mira. ¿Ves este regalo?. Me lo dio mi mamá. Me dijo que nadie me creería si lo contara. Que de todas formas algún día tendría que contarlo. Sólo con alguien de plena confianza”. Yo fui la elegida, esta noche por segunda vez curiosamente. Por último, volví a oír aquella escena que reconocí de inmediato. “¿Ves?. Mira. Mi regalo especial. Sé que no puedes verlo. Mi mano está vacía para ti, pero yo sí que puedo ver mi lunita mágica. Ahora estoy bien. Cuando venga la ambulancia me curarán”.
Qué otra cosa podía decir yo. Con las entrañas en la garganta y con dificultad para hablar sólo supe contestar. “¡Anda!, guárdate tu lunita pequeño. Van a pensar que estamos locos”. Mis labios se marcaron en su frente aunque sólo por unos instantes. Ojalá hubiera sido para siempre. El doctor me retiró amablemente. El padre me aconsejó que me fuera a casa a descansar y yo no pude negarme.
Las calles más largas que nunca. La lluvia infinita. Todos los semáforos, sólo para mi, en verde. El ruido de los motores, definitivamente, apagados por la lluvia. Las orgullosas líneas continuas del asfalto esta noche todas han sido quebradas para siempre en mi ciudad. Todos los caminos hacia mi casa. La ciudad bajo mis pies estaba cambiando y yo apenas podía creerlo. Tampoco podía dejar de pensar que, si todos tuviéramos en nuestros bolsillos una de esas lunitas, el mundo, seguramente no sería perfecto, pero al menos sería mejor.
Fin.
19 de Marzo 2.001
Cándido Sanz Gil.



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